Ya se que lo hecho, hecho está, pero no hay que venirse abajo por ello. Hay que pensar que eso es solo una prueba que nos presenta la vida, que hay que tratar de intentar de pasarla, y no rendirse nunca cuando algo lo queremos de verdad. Nunca mentalizarnos de manera que nos haga pensar negativamente. Intentar siempre, que la gente nos recuerde por nuestra sonrisa, no por nuestras lágrimas. Solo es cuestión de caminar y no pararse, siempre vivir ahora y no en aquel pasado que algún día nos hizo sufrir.
¡Que no importa cuánto caigas, lo más grande es levantarse!
Pensando en
todas mis desgracias que me acompañan durante esta larga vida, paseo por la
calle soledad arrastrando mis pies, y con ello todo lo perdido. Era ya de noche
y finos copos de nieve reposaban en mis pies, impidiéndome avanzar cada vez mas
y mas. Me detuve ante la ventana de una casa de escasa altura, me digné a mirar
en su interior. Todo brillaba ahí dentro, al contrario que en la calle. Un
cielo negro como el carbón sobre mi cabeza me impedía ver con claridad, igual
que todas mis decisiones en esta vida. No me quedaba nadie por quien vivir,
ningún camino que seguir. Me senté en la fría nieve que recorría todo mi cuerpo
como un escalofrío breve, pero intenso. Una anciana se detuvo al veme. Se
agachó, y lo único que encontró, fueron unos ojos cansados de llorar y una
mirada perdida en la inmensidad del recuerdo y la duda. Ella me sonrió, yo la
dije:
-Esa
sonrisa que usted me ha regalado, no puedo aceptarla, no soy merecedor de ella.
Fijó su
mirada en mí y me dirigió otra sonrisa. En ese momento me di cuenta que era
sordomuda. La anciana se agachó y con el dedo rojo de frío, empezó a a escribir
un mensaje en la nieve, que decía:
“Navidad es
un momento de felicidad, de recordar, de perdonar e intentar”
Se levantó
del suelo, se dio la vuelta y empezó a caminar. De repente, un destello me
deslumbró y tuve que taparme los ojos. Segundos después levante la mirada y la
anciana no estaba allí. Por la misma callejuela, asomaba la cara de una mujer.
La miré con intriga y asombro al descubrir que era ella. Esa persona que me había
hecho pasar buenos momentos junto a ella. Esa persona que siempre ha estado
ahí. Esa persona que es mi razón de vida. Y yo a cambio no la había llevado más
que desgracias y engaños, se acercó a mi, no me dejó hablar, solamente se oyó
su voz que decía:
-El pasado
cambiar no puedes, pero puedes arreglarlo con el presente.
Fui a decir
algo, pero ella interrumpió mis palabras besándome en los labios. Estrellas
empezaron a decorar lo que antes era un cielo oscuro y tenebroso…
Todo empezó
mucho antes, cuando Jesús nos preparaba para el concurso de relato breve de
cocacola. Nunca pensé en ganar, pero gané y lo mejor fue el premio: un viaje a
Italia con el resto de los ganadores de cada comunidad autónoma. Este fue el
viaje.
Supuestamente,
ese día, yo estaba de vacaciones. Esto es mucho suponer. ¡Levantarse a las ocho
de la mañana un día de verano!, pero valió la pena, solo por el recuerdo de un
viaje inolvidable y unas amigas que no se encuentran en cualquier parte. Las
largas caminatas y charlas interminables al final parecieron ser lo de menos.
Aprendimos cosas nuevas, pero no solo de piedras amontonadas artísticamente
formando un monumento único e inigualable, sino también cosas más importantes,
como a valernos por nosotros mismos. Estar a tres mil kilómetros de casa
durante cuatro días no es algo que hayamos repetido muy a menudo. Saber
arreglar tus propios problemas, también es un reto por el que hemos tenido que
pasar todos alguna vez. Pero con la ayuda de todas estas maravillosas personas
(también de Jesús mi profe y José María de Cocacola) ha sido mucho más fácil.
Todo empezó en Madrid. Nada más llegar, una niña se me acercó y empezó a hablar
a tal velocidad que no la entendía nada. Me le quedé mirando con cara de
incredulidad, y empezó a dar golpes en el suelo con el pie, diciendo que lo
había hecho mal. Y empezó otra vez a presentarse. La dije que tranquila, estaba
angustiada por hacer amigas, pero al final se dio cuenta que estaba exagerando.
Yo también estaba nerviosa, estábamos las dos en la misma situación. Otra cosa
que me inquietaba era mi compañera de habitación. Nada más llegar pregunté quién
era, pero todavía no había llegado. Esto se debía a que era la que venía de más
lejos, de Canarias. Esa misma noche nos llevaron a un concierto, al que no
pudimos quedarnos toda la noche porque al día siguiente había que madrugar.
Maldita Nerea nos hizo bailar y saltar. A la mañana siguiente a Barajas, a
coger un avión con destino Italia.
Primera
parada, Roma. Todas las mañanas nos venía a recoger un autobús, que nos llevaba
al centro de la ciudad. Visitamos la Columna Trajana, “La Fontana di Trevi”, el
Coliseo, los arcos de triunfo, el foro romano,
“Vittoriano”, la plaza Navona, el
Panteón, y por supuesto, no puede faltar, el Vaticano. Aquella tarde, una sorpresa totalmente
inesperada. De repente, ante nuestros ojos, aparecieron unos.... ¡diecisiete!
fiat 500, que nos llevaron al hotel, y luego a cenar. Nos trasladamos a los
años 60. Descubrí una cosa, ¡qué los italianos conducen como locos! Y no hay
rayas que dividan la carretera en carriles; no, no, allí, cada uno conduce como
le parece. ¡Qué miedo pasé en algunas curvas, hasta se me revolvió la tripa!
Pero mereció la pena, la comida italiana era fantástica, pensé que me cansaría
de tantos espaguetis, lasaña, macarrones, pizza…, pero es que hay tanta
variedad de combinaciones, que es imposible repetir. Aunque lo que en realidad
se echaba de menos era, ¡un buen filete con patatas!
Y no nos podemos
olvidar de nuestra segunda parada: Florencia. Recordaré siempre sus calles, sus
puentes, sus monumentos… ¡Unas de las ciudades más bonitas que he visto nunca!
La pena fue que sólo nos quedamos un día. ¡Es el lugar en el que tomé el mejor
helado de toda mi vida! No hay nadie que se resista a los helados italianos. La
locura de este último día empezó en el tren, cuando nos pusimos a hacer fotos a
un mono de peluche. Algunos pensaréis que estábamos locas, y no os lo niego, la
verdad; pero es que en esos momentos, nos daba igual lo que la gente pensara,
nuestra meta en ese viaje era pasárnoslo bien. Esto no acabó aquí, nuestra
última idea era pasar nuestra última noche todas juntas. Y que mejor idea que
dormir todas en una misma habitación. Como es de suponer, todas no cabíamos en
las camas, así que, alguna que otra tuvo que pasar la noche en el suelo, en el
sofá, y también en la bañera. Esa noche no durmió nadie hasta tarde, pero al
final nos acabó venciendo el sueño y no importó la incomodidad del lugar.
Lo peor el
último día. Ríos de lágrimas surcaban nuestras mejillas sin parar, abrazos
interminables; y solo pensar que esta sería nuestra única y última despedida…